Ante las recientes advertencias de investigadores y ex empleados de las principales empresas de Inteligencia Artificial, declaraciones que han sido de dominio público y quienes han renunciado a sus puestos alertando sobre los riesgos existenciales de una carrera tecnológica sin freno, me dirijo a la sociedad, a las iglesias y a las familias argentinas para fijar postura.
En las últimas semanas, voces provenientes de laboratorios como OpenAI y Anthropic han reconocido públicamente que el desarrollo de sistemas de Inteligencia Artificial avanza más rápido que la capacidad humana de controlarlo, y que quienes lo construyen albergan en privado temores que no siempre expresan en público¹. Este dato no es menor: la inquietud ya no proviene de sectores externos a la tecnología, sino de sus propios artífices que han estado en altos mandos en empresas abanderadas en el desarrollo de la IA, algunos de los cuales han renunciado explicando que el problema no es técnico sino moral, un umbral en el que, como se ha dicho, "nuestra sabiduría debe crecer en la misma medida que nuestra capacidad para influir en el mundo" de manera positiva y para el bien común.
Frente a este escenario, se ha instalado en el discurso público una narrativa de determinismo tecnológico: la idea de que el avance de las máquinas es inevitable, que la humanidad no tiene más opción que resignarse a sus consecuencias, y que el futuro; laboral, social, incluso moral; ya fue decidido por un algoritmo. Esta narrativa genera legítima ansiedad, especialmente en niños, adolescentes y jóvenes que hoy preguntan si tendrán lugar en el mundo que viene².
No minimizo los riesgos reales que la Inteligencia Artificial plantea, ni desconozco la responsabilidad ética que corresponde a gobiernos, empresas y comunidad internacional en su desarrollo. Sin embargo, como cristiano sumergido en el avance la la historia, rechazo que el destino del ser humano quede subordinado a la voluntad de una criatura tecnológica. La Palabra de Dios establece con claridad el orden de la creación: Dios es el Creador y Soberano; el ser humano, hecho a su imagen, es mayordomo llamado a un dominio sabio sobre lo creado (Génesis 1:28); y toda tecnología, por poderosa que sea, permanece en el nivel de lo instrumental y subordinado. Pretender invertir este orden, colocando el instrumento en el lugar del Soberano, es la misma soberbia que la Escritura describe en el relato de Babel.
Ninguna hoja de ruta corporativa, por ambiciosa que sea, se escribe por encima del propósito de Dios para la historia.
Por lo expuesto:
1. Sostengo que el destino del ser humano y de las naciones no está determinado por el avance tecnológico, sino que permanece firme en la soberanía de Dios (Salmo 33:10-11; Jeremías 29:11).
2. Rechazo el determinismo tecnológico como cosmovisión, en cuanto pretende presentar como inevitable e incuestionable un camino trazado por intereses corporativos y no por el consenso ético de la sociedad ni el discernimiento de la fe.
3. Alerto a las familias, pastores y educadores sobre el impacto emocional que esta narrativa genera en niños y jóvenes, y llamo a la Iglesia a constituirse en espacio de contención, escucha y acompañamiento frente al miedo al descarte y la obsolescencia. La Iglesia y las familias están llamadas a ser un refugio de verdad, de contención pedagógica frente al aislamiento y la desesperanza.
4. Reafirmo que la dignidad del ser humano no depende de su productividad ni de su capacidad de competir con una máquina, sino de haber sido creado a imagen de Dios y coronado de gloria y honra (Génesis 1:27; Salmo 8:4-5)³, redimido en Cristo Jesús para buenas obras preparadas de antemano (Efesios 2:10). Ningún sistema puede arrebatarnos ni sustituir esa dignidad original.
5. Exhorto a desarrolladores, empresas y autoridades a ejercer una mayordomía responsable sobre estas tecnologías, subordinando la velocidad de innovación a la seguridad, la verdad y el bien común, y no a la lógica de la competencia desenfrenada.
6. Llamo a la Iglesia evangélica argentina a no ceder ante la tecnofobia ni ante la fascinación acrítica, sino a discernir con sabiduría, siendo astutos para usar las herramientas de nuestro tiempo sin dejar que ellas nos usen a nosotros (Romanos 12:2), sosteniendo que ningún modelo de lenguaje ni sistema artificial puede sustituir el vínculo humano, el consuelo pastoral ni la comunión de la fe (Génesis 2:18).
7. Propongo a quienes quieran, puedan hacer propias esta palabras y aferrarse a la FE en el Dios soberano. Si bien cada uno será responsable de sus actos, es nuestra responsabilidad fijar postura y no ser parte de un sistema de consecuencias negativas sino el faro ante la adversidad.
Ante la incertidumbre que genera la aceleración digital, reafirmo que el futuro de la humanidad no pertenece a un algoritmo ni a las corporaciones que lo desarrollan, sino al Dios vivo, quien sostiene el universo y tiene pensamientos de paz y no de mal para con su pueblo (Jeremías 29:11). Lo que verdaderamente edifica a una persona - la conversación sincera, el duelo acompañado, la fe que madura con paciencia- pertenece a un terreno que ninguna máquina podrá jamás ocupar⁵.
Carlos Samuel Mansilla
Buenos Aires, Argentina
NOTAS:
- Mansilla, C. S. (2026, septiembre). La ruleta rusa de la IA: Entre la soberbia algorítmica y la verdadera esperanza en la soberanía divina; y Mansilla, C. S. (2026, febrero). Nuestros valores frente a la Inteligencia Artificial (IA). www.carlossamuelmansilla.com
- Mansilla, C. S. (2026, febrero). Replaceable or Crowned? AI, the Therian Phenomenon, and the Original Design. www.carlossamuelmansilla.com
- Ídem.
- Mansilla, C. S. (2026, julio). Somos faros en la tormenta del algoritmo; y Mansilla, C. S. (2026, febrero). IA y responsabilidad cristiana: Raíces en tiempos de algoritmos. www.carlossamuelmansilla.com
- Mansilla, C. S. (2026, agosto). Presencia encarnada: La verdad de la eficiencia y la necesidad de la ineficiencia. www.carlossamuelmansilla.com
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