No estamos llamados a huir de la tecnología ni a adorarla. Estamos llamados a gobernarla.
En cada charla sobre IA en comunidades de fe veo las mismas dos reacciones extremas. Unos cruzan los brazos la rechazan como si fuera la bestia del apocalipsis. Otros abren los brazos e irrefrenablemente la abrazan de forma acrítica e irresponsable.
Ambas son trampas. Y ambas nacen del mismo error: poner a la tecnología en el centro para tomar decisiones de rechazo total o de aceptación ciega.
Propongo un tercer camino. La Biblia no lo llama equilibrio, lo llama sabiduría.
1. La tecnofobia: el miedo que paraliza
La tecnofobia no es prudencia, es un miedo irracional que provoca el rechazo de las nuevas tecnologías, de su uso y de los cambios que estas generan.
Dentro de las comunidades cristianas muchas veces es un miedo disfrazado de santidad. Suena espiritual cuando alguien dice: "La IA es mala, la minería de datos es espionaje, mejor no tocamos nada", pero en el fondo es renunciar a la mayordomía.
Los tecnófobos...
Rechazan cualquier herramienta nueva sin evaluarla.
Demonizan los datos en lugar de gestionarlos con integridad.
Prefieren la ignorancia a la responsabilidad. Como si no usar una herramienta ayudara a evitar sus consecuencias.
El problema teológico de la tecnofobia es olvidar que toda tecnología en la historia de la humanidad, desde el arado hasta el algoritmo, pueden estar al servicio del bien: "Seamos astutos para usar las herramientas de nuestro tiempo, pero lo suficientemente sabios para no ser usados por ellas".
La tecnofobia no te protege del futuro, te deja vulnerable, indefenso, pero por sobre todo, desprotegido por la ignorancia. Y deja a tu comunidad sin alfabetización bíblica y digital para discernir.
"Porque no nos ha dado Dios espíritu de cobardía, sino de poder, de amor y de dominio propio." - 2 Timoteo 1:7
2. La tecnolatría: el ídolo que promete omnisciencia
En el otro extremo está la tecnolatría, quienes no usan la tecnología, sino que la adoran. Le asignan atributos que solo pertenecen a Dios: omnipresencia (estar en todos lados), omnisciencia (saberlo todo gracias a la minería de datos) y omnipotencia (poder resolverlo todo). Aunque parezca exagerado, la forma de actuar de los tecnólatras los pone en evidencia.
Los tecnólatras...
Creen que más datos es igual a más verdad.
Delegan el discernimiento a un dashboard. "El dato lo dice".
Sufren del Efecto Eliza: le piden a un chatbot consuelo, consejo pastoral o revelación.
Caen en la trampa de la minería de datos sin ética: si se puede minar, se mina, aunque sea el dolor ajeno.
El problema teológico de la tecnolatría es la idolatría. Se trata de un mesianismo tecnológico: buscar en el código la salvación que solo viene del Reino. ¿Cómo se puede ver esto?: Sencillamente dejan de lado a Dios muy sutilmente (Aunque a veces con descaro) delegando cada vez mas a la IA lo que antes encontraban en la FE, al punto tal de llegar a tener una dependencia sorprendente.
La tecnolatría no te hace más relevante, te hace dependiente. Hace que cambiemos la voz del Espíritu por la probabilidad estadística. Éxodo 20:4 dice "No te harás imagen...", principio que hoy incluye no hacernos una imagen de Dios a partir de un modelo de lenguaje. La tecnolotría es sencillamente idolatría.
"Fíate de Jehová de todo tu corazón, Y no te apoyes en tu propia prudencia." - Proverbios 3:5.
3. El tercer camino: Mayordomía sabia
Ni fobia ni latría. Mayordomía. El mayordomo no es dueño de la casa, pero tampoco le tiene miedo: La administra con fidelidad y con cuentas claras. Ese es el lugar bíblico de la tecnología, o por lo menos debería serlo, la gestión inteligente e instrumental de los nuevos recursos que tenemos a disposición.
Este tercer camino se sostiene en tres preguntas que toda comunidad de fe debería hacerse antes de usar la tecnología:
1. ¿La tecnología preserva la dignidad o la reduce a datos?
El tecnófobo se resiste a la tecnología y cree que esta reduce a las personas a meros datos. Por el contrario, el tecnólatra acepta con tolerancia que las persona se reduzca solamente a datos".
En cambio, el mayordomo entiende que el dato informa sobre la persona, pero nunca define su valor. Génesis 1:27 sigue siendo nuestro filtro: "Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó".
2. ¿La tecnología edifica o la eficientiza?
Las herramientas que proporciona la tecnología puede hacer todo más eficiente, pero solo la sabiduría te permite edificar y genera valor real. La pregunta no es "¿podemos hacerlo más rápido?" sino "¿esto construye al prójimo con gracia?" Efesios 4:29.
3. ¿Quién rinde cuentas detrás de la tecnología?
La tecnofobia no rinde cuentas porque se mantiene en un peligroso margen. La tecnolatría no rinde cuentas porque atribuye todo a las decisiones del algoritmo. La mayordomía, en cambio, exige human-in-the-loop (supervisión humana) y caja negra abierta (entendimiento de los procesos para llegar a los resultados). Esto significa que puedo explicar por qué usé esta herramienta, con qué datos la alimenté y quién supervisó el resultado.
La decisión sobre tecnología no puede ser de una sola persona con una laptop. Necesita comunidad, discernimiento colectivo.
El código pasa
Tanto la tecnofobia como la tecnolatría cometen el mismo error escatológico de darle a la tecnología un peso eterno: Una la ve como el fin del mundo, la otra la ve como salvadora del mundo. La fe cristiana nos recuerda algo más esperanzador:
"[...] Porque las cosas que se ven son temporales, pero las que no se ven son eternas." - 2 Corintios 4:18
La tecnología es temporal. Es una herramienta de esta era como lo fue cada tecnología en su época: Útil, poderosa, quizá peligrosa, pero temporal.
No estamos llamados a tenerle miedo, ni a poner nuestra esperanza en ella. Estamos llamados a usarla hoy con la sabiduría eterna de las Sagradas Escrituras, para servir mejor a las personas.
Por esto nuestra declaración es sencilla:
Ni tecnofóbicos, ni tecnólatras, sino Mayordomos.
Carlos Samuel Mansilla.
Presidente de la Organización Casa Bíblica Internacional, comunicador, escritor. Desarrolla el análisis ético entre la intersección del Cristianismo y la Inteligencia Artificial, con el propósito de equipar a la Iglesia frente a los desafíos tecnológicos del siglo XXI y las tecnologías emergentes.
Apasionado por la reflexión ética y el diálogo entre fe, cultura y tecnología.